Y decirle

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Archivado bajo confesiones de invierno, Tinta del Afelio

Técnica

No hay técnica sin tiempo ni espacio.

Entonces, (d)espacio.

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Comiat

Els núvols vénen apilotats.

 

Agafo un mocador per dues puntes

i hi faig un nus. Després un altre.

(Fluixos tots dos, però dic que els estrenyo.)

Un altre en faig d’igual i estiro sempre

el mateix bec. Tapo els nusos.

Llanço el mocador enlaire, i els nusos

están desfets.

Ah, Llibertat!

 

 

 

*Despedida*

 

Las nubes vienen apiñadas.

 

Cojo un pañuelo por dos puntas

y hago un nudo. Después otro.

(Flojos los dos, pero digo que los aprieto).

Hago otro igual y estiro siempre

la misma punta. Tapo los nudos.

Arrojo el pañuelo al aire, y los nudos

están deshechos.

¡Ah, la Libertad!

 

 

Joan Brossa

Ocho siglos de poesía Catalana. Antología bilingüe de J.M. Castells y J. Molas

Alianza Editorial 1969, Madrid.

 

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Especulaciones narcisistas

Debes preguntarte

cuántos quilos he perdido

cuántas fotos he tomado

con qué medias he calzado estos días

 

Constriñendo los riñones

estrechando la clavícula

debes preguntarte

cuántos libros he leído

cuántas bocas he besado

qué paredes reflejaron mi  locura

 

En la espesa sobriedad de octubre

te imagino desflorando el tiempo

maldiciendo a la calvicie a los papeles

a las uñas de los gatos sobre los sillones

 

Mirándote la frente en el espejo

contándote las canas

descubriendo nuevas líneas en tus ojos

como si de otros y no tuyos fueran

 

Caminando lentamente por la sala

sin asiento cómplice de las evaluaciones

que contengan tus solventes sentencias

sobre cuánta nieve ha cubierto las montañas

 

Luego nuevamente piensas

con la voz de la resignación al lado tuyo

cómo te verás en unos años

cuando el cuerpo impredecible te componga

 

 

Y llegados a este punto

desde la certeza del café por la mañana

con los ojos hidratados y la boca insomne

pasajera de mi tiempo y de mi especie

le pregunto entonces

a la multiplicidad de espacios

concebidos para la precariedad de empleo

¿cómo dónde y cuándo nos encontraremos?

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Segunda cita

“El intervalo entre la decadencia de lo viejo y la formación y consolidación de lo nuevo constituye un período de transición que siempre, necesariamente, debe ser de incertidumbre, confusión, error y salvaje y  feroz fanatismo”.

John Calhoun

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Primera cita

“es el arte que responde al escenario de nuestro caos”

Bradbury y McFarlane, 1976: 27

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Abatidos, desarmados

Para Mariano Feijoo

Nos está matando esta bandera, hermano, hoy lo veo claro:

Cinco balas se incrustaron en el cielo

Ocho cuerpos han caído en la batalla

Echarán la culpa al viento a los halcones

A los huevos las gallinas las montañas

Despiste de camión dejó dos muertos

Otro más se registró en la madrugada

Todos los días, todos los viernes

A los veintinueve y a las dos de la mañana:

¡No quiero verte en una caja!

¡No quiero verte en una caja!

¡No quiero verte en una caja!

Alarido cuerpo propio de las calles de las plazas

Alarido cuerpo espejo de los filos de lo bello

¡Trabajadores y estudiantes, unidos en la lucha!

¡Trabajadores y estudiantes, unidos en la lucha!

¡El pueblo protestando, también se está educando!

¡El pueblo protestando, también se está educando!

Alarido trepidante tiempo voluptuoso e imposeso

Alarido indescifrable espacio ampliamente humedecido

Condenadas las retamas y sus hojas

Despedidos los colores los zapatos

Abatidos, desarmados: Así estamos.

Abatidos, pero con el sueño entero.

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Palomas

Tengo una pared en blanco y no le temo

porque hay luz que entra desde la ventana.

Cuando es de noche

canto y proyecto sombras

con una vela y mis dedos que se amarran

hasta que los suelto.

Tengo dos

tres

cuatro paredes en blanco.

Una ventana y

una puerta y

luz.

En el vacío

lubrico el cuerpo de claridad

mientras espío a las palomas

que anidan en los precipios.

Ay, ¡palomas!

Qué alegría siento al verlas

-a pesar de los árboles

y del cielo abierto-

huérfanas como yo de espacio y suelo.

Errantes Palomas de los Tejados

vigilantes del otoño

y del invierno.

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Afelio

*afelio y frío. en prematuro proceso de la primavera que nos pare.

+no me juzgues. repróchame. clávame tus ojos en el pecho y báñame hasta que me crezca una piel nueva.

*abrí la ventana para saltar y no pude. me miraste y pensaste que sonreía. confundiste luz solar con mis sombras.

no lo solucionaremos con pastillas ni terapias ni con nada.

mírala luego de cincuenta años y tantas muertes.

qué hacemos. qué mierda hacemos.

+las ves y huyes.

sé que las ves y callas.

no puedes con más cinismo encima.

con más guerras y más muertes y más casas perdidas.

*siempre sumas. se me escapa el amor con la llovizna.

cierro los ojos y me veo

desfigurada

temblando

en medio de una plaza vacía.

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La tumba de Vallejo

Era invierno del 2012, mi primera visita al cementerio de Montparnasse.

Aquella tarde no llovía pero el cielo amenazaba. Era una tensión permanente. Recuerdo que había un croquis que explicaba las ubicaciones de los famosos: músicos, filósofos, poetas… personas que pasaron a la historia por alguna suerte de confluencias. Gentiles confluencias.

Fue fácil dar con las tumbas de Simon de Beauvoir y Sartre (que además están juntos y a la entrada del cementerio), de Serge Gainsbourg y de Cortázar. Las tumbas de todos ellos son hermosas. Hermosas estéticamente, es decir, por el tipo de material empleado, los colores de esas piedras-mármoles-yesos-cementos, y además hermosas porque son tumbas vivas. Tumbas vivientes. Son las típicas tumbas-altares, a esas a las que uno llega para, o llega y no puede dejar de. Son tumbas llenas de cartas, telas, flores, besos. Son tumbas coloridas, musicales. Son pura vida.

Seguimos caminando, buscando únicamente a Vallejo. Según el mapa, debía estar por la parte de la izquierda, al centro: ni muy próximo a la calle de abajo ni a la de arriba. Fuimos hacia donde debía estar y nada. Regresamos al mapa para ver, por segunda vez, si buscábamos en el lugar correcto. Regresamos a la parcela izquierda, al sector donde debía estar Vallejo. Nada. Entonces bajé hacia la primera tumba de la primera fila y empecé a buscar, uno por uno, su nombre. C buscaba por otro lado (o tal vez no) cuando en eso un hombre viejísimo nos dice que se acabaron las visitas, es hora de salir. ¿A qué hora abren mañana? Temprano. Bueno…

Al día siguiente regresamos. Era nuestro último día en París, antes de ir para Strasbourg. Yo retomé mi estrategia y empecé desde la primera tumba a la izquierda de la izquierda. C caminaba como perdido, con las manos  en los bolsillos, mirando al cielo, al horizonte, a la neblina. Después de media hora, sentí que mi estrategia no tenía sentido y me detuve, frustrada. ¿Por qué estamos aquí buscando a un muerto?, le pregunté. C sonrió, me abrazó y luego siguió caminando entre las tumbas. Yo lo imité por otro lado.

Pasamos una hora y media en ese plan. Luego decidimos sentarnos, tomar agua del caño. Después, regresamos al mapa y por tercera vez, fuimos a la zona donde se supone que debía estar Vallejo. Nos separamos y continuamos la búsqueda. En eso, C me dice: acá está. De hecho, no sé cuántas veces hemos pasado a su lado y no lo vimos. No quisimos verlo. Cuando llegué a su tumba sentí una profunda decepción.

Vallejo no tiene flores vivas en su tumba, ni cartitas de amor ni besos tatuados sobre la piedra. Además, es una piedra horrible con letras doradas que no se distinguen, que no brillan, se camuflan. Aquél invierno, sobre la tumba de Vallejo había una corona con flores verdes, rojas, blancas, de plástico. Era una tumba tristísima.

Invierno en París sin aguacero.

francia (93)

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